Capítulo
XII
Deuda de sangre
Cuando llegó aquel invierno, muchas cosas habían cambiado en la Roca. Muchas habían sido las discusiones entre los cazadores y entre las mujeres por culpa de los lobos del poblado. El hombre de Tari que los había traído y al que seguían en su cacerías se había enfrentado primero a una oposición muy decidida de los más veteranos y sobre todo de las mujeres, temerosas de que cuando aquellos cachorros crecieran acabaran haciendo presa en sus hijos.
—El lobo no puede vivir con el hombre. El hombre da caza al lobo y el lobo da caza al hombre.
—Mi lobo caza con el hombre. Muchos lo saben y lo han visto. El lobo ayuda al hombre. Con él al lado no nos faltará nunca la carne. Él es el mejor para espantar una presa hacia las lanzas, para seguir un rastro de sangre, para dar con la huella que el hombre ha perdido. Contad lo de la yegua.
—Se revolverá contra el hombre cuando éste duerme y le hará su comida.
—Los lobatos juegan con el hijo de mi fuego, que ya se sostiene sobre sus piernas, y guardan mejor que nadie al que todavía sólo duerme y mama.
—Son cachorros. Un día crecerán. Se escaparán y se llevarán a tu hijo colgando de sus fauces. No quiero verlos cerca de los míos.
—Pues los tuyos y los de todos son sus compañeros aquí y ni uno solo ha sufrido daño. Los lobos son los guardianes de Tari. Cuando los cazadores no están, ellos, antes que nadie, avisan de quién llega y si algún peligro se aproxima. Han podido escapar cuando han querido, van y vienen con los cazadores o con las mujeres cuando van a recolectar. Siempre vuelven.
—El lobo grande, el macho viejo, no sube nunca al poblado. El no deja que nadie se le acerque.
—Él no se ha criado en Tari. Él aguarda abajo. Al único que admite cerca es a mí. Él se ha criado con otros lobos. Es el Blanquino. Nosotros mismos lo quisimos matar. No tiene manada. La que expulsó a los suyos del Tallar no lo quiere. Ahora caza con la manada de los hombres y nos hace bien. Ningún mal nos hace.
Al lado del hombre joven de Tari que defendía al lobo se levantaban otras voces, casi siempre de jóvenes que eran quienes lo acompañaban en sus cacerías y que contaban cómo el lobo del Tallar había logrado retener una presa o cómo les había puesto a tiro otra o cómo había cobrado y rematado aquella que ya creían perdida.
El hombre de su madre, el jefe, callaba y escuchaba. Él también había cazado alguna vez cuando los lobos les acompañaron, y si bien en una primera ocasión fueron una ayuda, en la siguiente los animales resultaron un estorbo.
Porque ahora, junto al lobo del Tallar viejo, al que de vez en cuando aún se le notaba la cojera por la terrible herida del leopardo, y al hombre joven de Tari, también les habían acompañado los cachorros, y éstos, con su torpeza, con su lanzarse contra las presas antes de tiempo, lo único que habían conseguido en aquella ocasión fue frustrar la cacería.
El jefe había vuelto enfadado a Tari.
—Tus lobos estorban a la fila de caza.
—Son lobos jóvenes. Los jóvenes de la Roca estropean igualmente a veces la caza. También yo la estorbaba, y hasta el jefe cuando era un muchacho, por mucho que ahora sepa. Aprenderán. El lobo viejo y yo les enseñamos como tú me enseñaste a mí. Cuando llegue la nieve, serán mejores que una mano completa de cazadores. A Tari le hacen falta.
El jefe sabía aquello. Tari había quedado mermada. Toda ayuda sería bienvenida. Que cazaran con el joven y con quienes quisieran ir con ellos hasta que llegara el invierno. Entonces decidiría. Su preocupación, en realidad, eran las mujeres y los niños del poblado. Aquellos animales sueltos sí le daban algún miedo.
Aunque no eran los primeros que habían vivido en Tari con los hombres. Los cazadores solían traer crías de liebres, de torcaces, hasta algún corcino, y recordaba que una vez, siendo él un niño, un cazador trajo un zorrino. Pero aunque algunos se criaban un tiempo, sobre todo los palomos y las liebres, al final acababan por escaparse o por morirse. Al corzo no tenía muy claro lo que le había pasado. Tal vez al crecer se lo comieron, y el zorro sí recordaba que hubo que matarlo, porque cuando creció se volvió agresivo y mordía a todos.
Los lobos enseñaban los dientes a veces. Pero más lo hacían entre ellos, entre los tres hermanos. Con los humanos se sometían a una voz y no se mostraban agresivos. Eran muy pequeños todavía, eso sí, meditaba el jefe. Después ya se vería. Pero él mismo, y a pesar de aquella torpeza, había comprobado que podían ser muy útiles para la caza. Y para guardar el poblado. Porque el jefe no olvidaba que algunos cazadores habían muerto a manos de otros hombres, que éstos deambulaban por la estepa y que cualquier día podían presentarse ante Tari. Y había visto a los lobos avisar y gruñir cuando alguien se acercaba a la Roca, fuera éste animal o fuera hombre, y que luego, si era olor conocido, el animal se aquietaba. Veían en la noche cuando todo se nublaba para el hombre y olían lo que el hombre ni siquiera presentía.
Cuando llegaron las nieves, las discusiones seguían en el poblado, pero cada día eran más los cazadores que querían salir con el joven de Tari y sus lobos. Los cachorros habían aprendido bastante y la manada de cuatro se había convertido en una formidable ayuda para los hombres. Daba igual lo que acosaran, fuera caza más menuda o grandes presas, el éxito era mucho mayor que si los hombres cazaban como siempre lo habían hecho.
Los lobos hacían salir de sus agazapados escondrijos a los conejos y a las liebres, los lobos indicaban el sesteadero del corzo, los lobos levantaban a los jabalíes de sus encames, los lobos perseguían al ciervo herido, los lobos fueron con los que, después de años de no poder dar con ellos en la estepa, alcanzaron a una manada de uros y les dieron caza. Porque fueron los lobos quienes les cercaron, quienes comenzaron a acosarles lanzándose hacia sus pezuñas y retrocediendo a sus embestidas, porque fueron los lobos quienes dieron tiempo a que llegaran los lanceros humanos y arrojaran sus venablos y sus azagayas. Fueron los lobos y los hombres. Y aquel día, la fila entera de cazadores del Tari volvieron de la estepa junto a sus mujeres cargados con toda la carne que pudieron transportar.
Cuando llegó la nieve, el lobo del Tallar consiguió una nueva compañera. De nuevo fue una loba joven a la que consiguió atraer y robar al gran macho del Badiel. Su compañero humano los vio juntos y temió una vez más que su salvaje amigo desapareciera para siempre. Pero, como la vez anterior, el macho vivió sus días de celo con la hembra y luego la trajo a la cercanía de los hombres, aunque ésta, más arisca que ninguno de los otros animales, era la que se mantenía a mayor distancia. Hasta que la carne de las presas cobradas entre todos le hacía acercarse al festín. Pero, en cuanto conseguía su ración, se escapaba para comérsela lo más lejos que podía.
El invierno fue aquel año bueno para los hombres de Tari y sus lobos. El joven crecía en prestigio ante los ojos de los otros cazadores y llenaba de orgullo al hombre de su madre. En su fuego, la hembra vieja y la joven a veces discutían. Cuando eso sucedía, él se marchaba solo. Pero otras ni siquiera las oía y se ponía a jugar con los lobatos y sus hijos hasta que ellas le reñían a él. Pero le regañaban con mimos, porque aquel hombre joven, decía la madre, había sabido atenderla mejor que el primer hombre, y su hija se sentía dichosa y nada más verlo se le seguía iluminando la cara. Aquel muchacho con sus rarezas de lobos era cada vez más la voz a la que casi todos prestaban atención en el fuego del poblado.
Cuando llegó la nieve, los lobos demostraron más que nunca su valía. Y cuando comenzaron las grandes expediciones, donde los cazadores hubieron de salir aprovechando los resquicios entre las ventiscas, nadie les sirvió mejor de guía que sus lobos. El lobo del Tallar y su hembra ya subían sin recelo a los llanos en alto, flanqueando a la manada de los hombres, y era la manada del Badiel la que se cuidaba de mostrarse cuando ellos pasaban.
Cuando llegó la hierba nueva, el hombre joven de Tari buscó de nuevo donde había parido la hembra. Comprobó que lo había hecho cerca del poblado, casi pegada a la fuente del Chorrillo, y pensó que cuando los cachorros fueran un poco más mayores y anduvieran por los alrededores de la madriguera, esta vez, aunque no hiciera falta, también se los subiría al poblado. Porque eran ya varios los que le habían pedido un lobo para que cazara con ellos cuando caminaban solos, al igual que lo hacía el macho grande y su manada con el hombre joven de Tari.
Pero antes, el hombre quería saldar una deuda de sangre por el lobo y con el lobo. Los cazadores habían cortado en varias ocasiones y en las orillas de un afluente del río, éste mucho más hundido y de cañones escarpados, la pista del leopardo, y el hombre joven de Tari pidió permiso para darle caza. Era algo que no podía hacer el solo.
—¿Para qué quiere el joven hombre de Tari matar al leopardo? Su carne no es buena —le dijo con risa el jefe, a quien en realidad le excitaba más que a nadie la posibilidad de una presa de tal enemigo y de aquella envergadura—. Y tiene garras que te pueden abrir la tripa a ti y a todos tus lobos.
—Por eso no iré solo y pido la compañía de los cazadores mejores que yo y del jefe, si quiere venir con nosotros. Él sería nuestro mejor guía.
El jefe se hinchó de orgullo. El hijo de su hembra era no sólo buen cazador, sino que sabía halagar a todos. Si hubiera sido otro cualquiera hasta lo hubiera mirado con recelo, porque eran más cada vez en el poblado los que le seguían. Y ahora mismo era él quien iba a hacerlo. Era astuto. Los otros no se daban cuenta, pero a él, más que a nadie, le gustaba que lo fuera. Él no sería siempre el que dirigiría la fila.
El jefe mandó dos batidores por delante. Dos buenos rastreadores que debían intentar localizar de la manera más precisa la zona de refugio del gran felino. Sin acosarlo en absoluto volverían a Tari.
Cuando regresaron, la Roca se convirtió en un hervidero. Los hombres iban a matar al gran gato moteado que sembraba el miedo cuando las mujeres iban al río. Habían probado en algunas ocasiones, pero la vieja y resabiada fiera siempre se les había escabullido. Pero ahora irían con los lobos. Con el lobo al que había herido y a cuya hembra había matado por defender a los cachorros que ahora le perseguirían.
Los hombres emprendieron la larga caminata —salieron el día anterior e hicieron noche en el camino— hasta trasponer más allá del pico de las Matillas y meterse por el cañón de aquel afluente de aguas más claras y tan frescas y limpias que le habían valido el nombre de Dulce. El resguardo a todos los vientos hacía crecer allí, en el fondo del cañón, una vegetación exuberante, y la caza era abundosa en aquel sitio. El viejo leopardo había elegido muy bien su refugio y su cazadero, que además se prolongaba muchas jornadas de andar aguas arriba.
Los hombres llegaron al lugar donde los batidores habían hallado las huellas. Un grupo remontó por las laderas casi verticales de piedra viva y luego caminó rápidamente por lo alto del cantil para no ser detectados por la pantera y avanzar todo lo posible para luego bajar y poder cortarle la retirada, si decidía emprenderla aguas arriba. Siempre cabía la posibilidad de que con su poderoso salto ganara él también lo alto del desfiladero y lo perdieran. No tenían gente para cubrir todos los posibles escapes.
El jefe lo sabía. Había hecho traer teas resinosas por si podía emplear el fuego, pero pronto se dio cuenta de que, en aquella zona, empapada por el agua del río, húmeda y verde, de apenas nada iba a servirles. Así que ni siquiera ordenó que se encendieran las teas.
Esperaron en silencio, sin moverse y reteniendo como pudieron a los lobos. El joven hombre de Tari hasta hubo que retranquearse con ellos, pues sobre todo el macho —la hembra había quedado al cuidado de la camada— quería avanzar a toda costa. Por fin, cuando el sol estaba en lo más alto, en el momento convenido en que la avanzada debía apostarse en un lugar, el más estrecho de todo el cañón, a esperar que el leopardo pasara a su alcance, se pusieron en marcha.
Al principio pareció que todo era en vano. Ni encontraron más huellas, ni rastros de alguna cacería reciente del felino, ni los lobos parecían sentir el olor de su enemigo. Seguían subiendo, y el jefe ya pensaba que el animal no estaba en la zona o se había escurrido, como él se temía, por alguna barranca hasta lo más alto del acantilado, cuando la actitud del lobo del Tallar los puso a todos en tensión.
El macho erizaba el pelo y gruñía sordamente desenfundando sus caninos. Los otros llegaron a su lado y todos recorrieron una zona arenosa que el río formaba en sus avenidas. Y allí, fresca, una huella. Pero aquello era todo. La huella en la arena, y luego se perdía. El río formaba una poza donde se desplomaba una pequeña cascada, y desde luego en aquel lugar no podía hallarse el leopardo.
Pero los lobos sí lo sabían. Saltaron desde el pequeño bajío a una de las orillas, y allí, en fila primero y desplegados después, comenzaron a señalar aguas arriba, cada vez más excitados. El macho gruñía y se adelantaba. Los jóvenes lo seguían, pero miraban hacia atrás, hacia los hombres.
El avezado jefe fue el primero en ver la sombra moteada que se escurría. No gritó. Con un solo gesto de su mano se lo indicó a sus hombres y los desplegó lo mejor que las estrechuras del cañón lo permitían. Debía intentar sobrepasarle por los flancos y lograr o que se topara con los que le acechaban y que ya no debían estar lejos o que se revolviera.
Pero los lobos reventaron cualquier plan. El Blanquino se abalanzó y su manada le siguió. El jefe gritó y los otros hombres le imitaron. El leopardo se volvió un instante. Un lobo más joven no pudo frenar a tiempo y un zarpazo dio con él gimiendo en tierra con sus entrañas esparcidas. Pero los hombres acudían y los lobos saltaban. Ante la pantera había un árbol gigantesco. Su enorme ramaje daba a los dos costados de piedra del estrechísimo cañón. Y entonces el felino saltó, trepó por el tronco y se perdió en la vegetación.
El jefe apareció tranquilo ante la excitación de todos. Algún lobo saltaba ante el tronco. Su presa estaba encaramada allí y la tenían rodeada. Preparó su lanzavenablos e hizo que los demás montaran los suyos. Se congregaron en torno al árbol y otearon con atención entre las ramas. No tardó el primer brazo en alzarse y lanzar la primera azagaya. Y luego otro y otro. Cuando el leopardo cayó de entre las ramas, el jefe orgulloso corrió a rematarlo con su lanza larga. Quería tener una de sus garras.
Los lobos aún recelaron y tardaron un buen rato en acercarse al felino muerto. Pero cuando lo desollaron, sí acudieron a comer de aquella mala y correosa carne. Los hombres no la probaron, pero entre todos se repartieron una de las otras tres afiladas zarpas que el jefe no había reclamado para sí. La piel la cogió también él para su cabaña y nadie le discutió el derecho.
El joven de Tari se acercó al lobo destripado. Se había ocultado entre unos matorrales. Allí agonizaba. Era poco más que un cachorro. El joven enarboló su hacha de piedra y la dejó caer en un golpe seco en la juntura del cráneo con el hocico. El lobato exhaló un levísimo gemido y se desplomó muerto.
El joven de Tari no quiso ninguna garra del reparto y se quedó largo tiempo mirando arder el fuego. Seguro que fue alguna vaharada de humo la que llevó la lágrima a sus ojos.
Cuando regresaron a Tari, el lobo del Tallar fue en busca de la loba, a la que no le había faltado la comida, y el joven hombre de Tari, acompañado sólo por los dos jóvenes lobos supervivientes, llegó a su cabaña. La hembra joven preguntó por el que faltaba y él apenas respondió con un gesto de desaliento. El crío más grande también lo echó en falta y salía fuera por ver si aún venía. Sus dos hermanos de camada se echaron aquella noche juntos ante la puerta de gruesa piel de bisonte, y cuando aullaron, las gentes de Tari supieron que lloraban. Y la voz del gran lobo del Tallar, el Blanquino de los hombres, que les contestó desde el Chorrillo, fue otro llanto.
Crepúsculo
El hombre sube el pico chato, curtido de cárcavas blanquecinas, y las codornices siguen cantando al ponerse el día porque la primavera fue tardía, lluviosa, y el verano aún mantiene reguerones frescos.
La perdiz reclama a una pollada. Como puños de niño chico, los perdigones, que corren desalados por el polvo de un sendero muy sobado y no se atreven a perderse en un costado, hasta que, asfixiados ya, la madre opta por meterlos a unas providenciales zarzas. Ha criado tarde la perdiz en los llanos en alto a los que acaba de subir el hombre.
Limpio el aire, limpio el cielo. Lavado el verde de la hierba entre los más oscuros robles, en formación de gigantes, ladera abajo, hasta el llano, hasta donde, más allá, la serpiente de, los chopos hace presentir un río. Y más lejos incluso, hasta donde la vista rebota contra el circo de las viejas montañas, el alomado mar de la hierba en continuo y sosegado movimiento en el que sus puntas y espigas son la espuma de las olas.
Las jaras han comenzado a florecer y a cubrir de blanco las laderas de las montañas. En las faldas de los montes chatos a este lado del río, protegidas de los «nortes», los que florecen son los espinos albures, y sus delicadas flores se agitan temblorosas bajo el soplo del viento. Cuando el cazador pone el pie en una zona de mayores claros, tras cruzar el aliagar que precede a la linde del monte espeso donde cierran filas chaparros, carrascas y las siembras, el espliego, el tomillo y la ajedrea levantan oleadas de intensos olores a cada pisada.
Ha visto alguna perdiz alzarse apresurada, a otras más las oye cantar ocultas. En una fuentecilla, la Blanquina, porque nace que le recuerda a su compañero lobo, le sorprende un conejo saliendo casi bajo su pie. Ve volar torcaces y tórtolas, y hacia el soto de otra fuente, el Calzarizo, ve bajar brillando una oropéndola macho que luego oye cantar en la alameda, lo mismo que insistente y muy cercano suena el canto del cuclillo.
Es imposible detectar a los corzos. Los machos, a los que aún no les ha llegado la ceguera del celo, permanecen en la espesura del monte donde tienen todavía hierba y retoños frescos que llevarse a la boca. Las hembras se ocultan con sus crías. La hierba alta y los cuajados matorrales están a su favor y les bastan y les sobran para desaparecer de la vista del humano.
El atardecer se está yendo. El sol se ha echado detrás de las montañas Azules que cercan el horizonte. El hombre sigue acechando al corzo que le es hoy tan esquivo y ahora domina desde lo alto de las rocas los pasos del río. Está ya en el crepúsculo al que llegan los vencejos.
Ha visto abajo, en el fondo, en una poza flanqueada por pizarras, jugar a la nutria, pero no ha llegado a asomar ninguna de sus presas que buscaran apagar su sed. Y ese saliente de roca suspendido sobre el barranco, parecen tenerlo como señal de giro los vencejos. Rasgan el aire apenas a unos metros, llegan en escuadrillas negras, no se estrellan nunca, pasan raudos, como siseos oscuros, y tornan y retornan del horizonte donde se pone el sol a aquel que se pierde en la sombra. No chillan ahora. Están cazando y aprovechan los mejores mosquitos antes de irse a dormir suspendidos en lo alto. El silencio es tal que abajo, muy abajo, se oye el rebullir del agua y arriba el rasgar del aire por las alas del vencejo. Se está yendo también el crepúsculo.
El hombre hubiera querido detener hoy dos momentos. Haber parado esta mañana el tiempo del sol que sale y conseguir ahora hacer caminar lenta, lentamente, hasta detenerlo casi, en estos instantes de la luz marchándose, de la luz que es suave, que acaricia el cielo y que no hiere las plantas ni los árboles, que hace revivir el verde de los pinos y de la rastrera gayuba.
Los ojos del hombre se agarran con ansia a la postrera claridad que se desvanece. Aspira su piel la última luz que permanece. Porque el hombre no puede hacer otra cosa que aspirar el instante, que sentirse dentro del tiempo concedido y caminar luego por la oscuridad que crece. Le queda el viento.